realmente jamás he sido fanática de ningún deporte, toda la vida he sido torpe en cuanto a motricidad gruesa(y fina... y si hay alguna otra, pues también) y la verdad es que ver perseguir una pelota(por gente que la patee, la enceste o lo que sea), no me ha llamado nunca la atención.
pero bueno, eso no implica que no pueda tolerar ciertas manifestaciones de fanatismo de la gente circundante, si toleré a
la vieja de la 57, pues por qué no darle chance a otros que adoran cosas que no son etéreas, además que, cuando estoy de genio, me encantan todos esos amotinamientos.
así fue que, convencida por mí misma de que tenía que ir al estadio, insistí, insistí e insistí hasta que por fin logré que me llevaran. segunda vez en mi vida que asistía a un estadio(el mismo las dos veces) y como para variar el estadio del equipo contrario... no me gusta el fútbol ni soy fanática, pero mi abuelito lloraba con barcelona, ¡¿cómo voy a ser de emelec?! en todo caso la idea no era gritar la barra del equipo, sino vivir nuevamente ese encantamiento al que se somete uno al pasar el torniquete.
pues bien: jueves 23 de febrero, casi siete de la noche(o tal vez un poco más), empezaba la lluvia en el sur de guayaquil (y en el norte y en el centro). arrastrada por el brazo del señor del gorro alto de emelec, me fui introduciendo entre el tumulto de gente que vendía todo tipo de comidas que uno se puede imaginar, para arrasar con un hot dog de veinticinco centavos(la salchicha la cortan por la mitad!!!). ya saciada un poco el hambre, me di cuenta que lo que estábamos haciendo era buscando dónde comprar las entradas, detalle importante porque no íbamos a apreciar la cultura extrapartidística, sino intra. bueno yo las dos, pero si el señor con gorro no conseguía como entrar, su furia podía extenderse y tocarme... y eso no era conveniente, definitivamente no.
al recibir la noticia de que ya no había entradas(estábamos del lado donde se acomoda la boca del pozo), decidimos juntarnos con los malandrines que pretendían, al igual que nosotros, entrar a ver el partido, aunque sea pagando un poco más, pero entrar(y rápido para no seguirme mojando... qué ilusa). la gente se puso un poco malcriada, un par de botellas, y unos “yashh locosh déjanos entrarsshh” pusieron un poco mal genios a los amigos equinos(de ley que también aguantarse un paco encima todo el día no es el mejor plan para un caballo con una perspectiva de vida decente). como estaba en primera fila, casi fui aplastada por un señor corcel al que no le importó en lo más mínimo que la lola no estuviera lanzando botellas ni haciendo relajo... de hecho no abrí la boca hasta que estuve dentro del estadio. luego de casi ser asesinada por el animalesco concepto de orden del estadio(el caballo, no el paco) y de ver casi en cámara lenta cómo le caía una botella de vidrio en la cabeza a uno de los amables policías que no nos dejaba entrar, pues nos retiramos a otra entrada para hacer lo mismo pero con otros malandrines. ¿el resultado? seguíamos afuera del estadio, seguíamos mojándonos.
ya perdidas las esperanzas(las mías) de entrar, al señor del sombrero se le ocurrió dar la vuelta al estadio... así que saltando pozas de agua estancada y a veces nadando en ellas, rodeamos el estadio, casi corriendo, para toparnos con el salvador de la noche: un revendedor! de los cuatro dólares que costaban las entradas, terminamos pagando ocho por cada una y lo que no nos dimos cuenta: las entradas decían emelec vs. el nacional(cabe recalcar que jugaba contra liga). después de casi romper las entradas e injuriar al pobre salvador del universo, los revendedores de alrededor nos aclararon que dejaban pasar con cualquier entrada, así que a correr para de una vez finiquitar el asunto... o empezarlo.
encontrar donde sentarse era más optimista que esperar no mojarse, así que después de buscar algún espacio vacío entre las gradas, terminamos entre dos agentes del orden(“y ahora cómo grito serranos hijueputas!!”), en primera fila y con la nariz entre las rejas que separan al público de la cancha, un centímetro más adelante y yo metía el gol...(cajita de fósforos que le dicen al capwell).
entre la lluvia que no dejó de caer jamás, la cantidad de malas palabras nuevas que aprendí, la frustración de no poder prender ni un tabaco, los dos goles que la lluvia no dejó que se metieran al arco, el señor del sombrero(ya sin sombrero) trepado en la reja gritando gol, un periodicazo mojado(de lluvia, por favor, que haya sido de lluvia) que me dio en la cabeza, la niñita que me daba al ombligo y que fue sola a ver el partido, el frío que me tenía a un segundo de la hipotermia, la masa compacta que se movía(y me movía) en la tribuna de al frente y al final un par de insultos que se me salieron cuando, de modo extraño, me sentí inmiscuida en el alboroto del fútbol, así transcurrieron los más de noventa minutos que estuvimos en el estadio.
con un empate en los bolsillos empapados, fuimos amuchinándonos con todos para intentar salir. empezó la caminata. el presupuesto se nos desbarató con nuestro amigo el revendedor, así que en todo caso para poder coger cualquier taxi(yaaa, no nos hagamos tarugos, que igual nos íbamos a ir en buseta jeje) o bus teníamos que adelantarnos unas cuadras porque había demasiada gente. y así, por primera vez en la historia de la vida fui caminando por en medio de la avenida quito(la calle, no la vereda), a las diez de la noche, con una lluvia que no tenía intenciones de parar (ni de menguar, ni de escampar) en ningún momento, con raindrops keep fallin’ on my head en mi boca y el sombrero alto, azul y gris de emelec en mi cabeza...
pd. llegamos casi hasta la nueve de octubre... y el bus que cogimos por ahí, nos dejó en “el dolarito”(dios existe!!) con los últimos $2.20 que nos quedaban compramos arroz con menestra y carne para llevar... (“le faltan veinte centavos para la otra tarrina, señor”... “pero no se preocupe... póngamelo en una fundita”).